Procesión de las palmas
En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén.
Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles:
—«Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatan?", contestarle: "El Señor lo necesita"».
Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataba el borrico, los dueños les preguntaron: «¿Por qué desatar el borrico?».
Ellos contestaron:
—«El Señor lo necesita».
Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar.
Según iba avanzando, la gente alfombrar el camino con los mantos.
Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo:
—«¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto».
Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos».
Él replicó:
—«Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».
Reflexión :
El evangelio nos motiva a reconocer a Jesús como nuestro Rey y que su amor desciende grandemente sobre nosotros, es por eso que se humilla y como uno más entra entre los pobres .
Pues bien , el apóstol San Pablo nos refiere a esto como el encuentro de Cristo con los marginados y que aún siendo Dios no hizo alarde de su categoría, sino más pasó haciendo el bien y viviendo como un hombre cualquiera.
Él se anonadó así mismo, para generar en nosotros el signo del amor santificante del Señor.
Ahora bien , el sentido de que Jesús entra a la gran ciudad en un burro , nos invita a nosotros a ser sencillos y reconocer que necesitamos encontrar a Dios en aquel marginado y olvidado por la sociedad.
A eso nos está llamando la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.
Reflexión :
El evangelio nos motiva a reconocer a Jesús como nuestro Rey y que su amor desciende grandemente sobre nosotros, es por eso que se humilla y como uno más entra entre los pobres .
Pues bien , el apóstol San Pablo nos refiere a esto como el encuentro de Cristo con los marginados y que aún siendo Dios no hizo alarde de su categoría, sino más pasó haciendo el bien y viviendo como un hombre cualquiera.
Él se anonadó así mismo, para generar en nosotros el signo del amor santificante del Señor.
Ahora bien , el sentido de que Jesús entra a la gran ciudad en un burro , nos invita a nosotros a ser sencillos y reconocer que necesitamos encontrar a Dios en aquel marginado y olvidado por la sociedad.
A eso nos está llamando la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.
Lectura del libro de Isaías 50, 4-7
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los iniciados.
para que escuche como los iniciados.
El Señor Dios me ha abierto el oído;
y yo no me he rebelado ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que mesaban mi barba.
No oculté el rostro a insultos y salivazos.
y yo no me he rebelado ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que mesaban mi barba.
No oculté el rostro a insultos y salivazos.
Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido;
por eso ofrecí el rostro como pedernal,
y sé que no quedaré avergonzado.
por eso ofrecí el rostro como pedernal,
y sé que no quedaré avergonzado.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Al verme se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R.
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R.
Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.
Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía ven corriendo a ayudarme. R.
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía ven corriendo a ayudarme. R.
Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificado;
tenedlo, linaje de Israel. R.
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificado;
tenedlo, linaje de Israel. R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11
Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
—en el cielo, en la tierra, en el abismo—,
—en el cielo, en la tierra, en el abismo—,
y toda lengua proclame:
«¡Jesucristo es Señor!»,
para gloria de Dios Padre.
«¡Jesucristo es Señor!»,
para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios.
Aleluya Flp 2, 8-9
Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».
EVANGELIO
C. Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo:
C. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo:
Haced esto en memoria mía
C. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:
C. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo:
¡Ay de ése que entrega al Hijo del hombre!
C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.
Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve
C. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo:
Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».
Tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos
C. Y añadió:
C. Él le contesto:
S. —«Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte».
C. Jesús le replicó:
Tiene que cumplirse en mí lo que está escrito
C. Y dijo a todos:
C. Contestaron:
S. —«Nada».
C. Él añadió:
C. Ellos dijeron:
S. —«Señor, aquí hay dos espadas».
C. Él les contesto:
En medio de su angustia, oraba con más insistencia
C. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:
C. Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo:
C —Y se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. En medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?
C. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.
Jesús le dijo:
C. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:
S. —«Señor, ¿herimos con la espada?».
C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
Jesús intervino, diciendo:
C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:
Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente
C. Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos.
Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:
S. —«También éste estaba con él».
C. Pero él lo negó, diciendo:
S. —«No lo conozco, mujer».
C. Poco después lo vio otro y le dijo:
S. —«Tú también eres uno de ellos».
C. Pedro replicó:
S. —«Hombre, no lo soy».
C. Pasada cosa de una hora, otro insistía:
S. —«Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo».
C. Pedro contestó:
S. —«Hombre, no sé de qué me hablas».
C. Y, estaba todavía hablando, cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?
C. Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, dándole golpes.
Y, tapándole la cara, le preguntaban:
S. —«Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?».
C. Y profieren contra él otros muchos insultos.
Lo hicieron comparecer ante su Sanedrín
C. Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:
S. —«Si tú eres el Mesías, dínoslo».
C. Él les contestó:
Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso».
C. Dijeron todos:
S. —«Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?».
C. Él les contestó:
C. Ellos dijeron:
S. —«¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».
C. Se levantó toda la asamblea, y llevaron a Jesús a presencia de Pilato.
No encuentro ninguna culpa en este hombre
C. Y se pusieron a acusarlo, diciendo:
S. —«Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey».
C. Pilato preguntó a Jesús:
S. —«¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Él le contestó:
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
S. —«No encuentro ninguna culpa en este hombre».
C. Ellos insistían con más fuerza, diciendo:
S. —«Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí».
C. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y, al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.
Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio
C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco.
Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.
Pilato entregó a Jesús a su arbitrio
C. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:
S. —«Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa, diciendo:
S. —«¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás».
C. A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. —«¡Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Él les dijo por tercera vez:
S.—«Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.
Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
C. Y, cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Jesús decía:
C. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte.
Éste es el rey de los judíos
C. El pueblo estaba mirando.
Las autoridades le hacían muecas, diciendo:
S —«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
S. —«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».
Hoy estarás conmigo en el paraíso
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. —«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
C. Pero el otro le increpaba:
S. —«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada».
C Y decía:
S. —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
C. Jesús le respondió:
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
C. Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:
C. Y, dicho esto, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios, diciendo:
S. —«Realmente, este hombre era justo».
C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.
José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado
C. Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea, pueblo de Judea, y que aguardaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándose, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía.
Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta, prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.
Reflexión :
El profeta Isaías nos va interiorizando en el camino asiduo de la entrega del Señor por amor y como ya poco a poco nos acondiciona a vivirla gran misericordia con el Señor.
El salmo 21, nos induce a comprender la entrega del Señor por nosotros para brindarnos amor y confiar en su perdón , pues bien, Dios nunca nos abandona, aunque nuestra mentalidad así lo piense.
Por supuesto el profeta Isaías y el salmista nos redirecciona a la entrega del Señor , que no se cansa de entregarse totalmente por nosotros.
La carta a los Filipenses , se nos presenta a la persona de Cristo y como Él vivió humildemente y nunca se sobresaltó, sino más bien , se hizo poco inferior a nosotros y nos enseñó a amar hasta el extremo.
Ahora bien , el evangelio categóricamente expide la vivencia de Cristo en su agonía que es a lo nos motiva y llama la Semana Santa.
El mensaje de la pasión es mostrarnos el amor de Dios , que entrega a su Hijo para generar en los que creemos en Él , un abismo insondable de Misericordia.
Reflexión :
El profeta Isaías nos va interiorizando en el camino asiduo de la entrega del Señor por amor y como ya poco a poco nos acondiciona a vivirla gran misericordia con el Señor.
El salmo 21, nos induce a comprender la entrega del Señor por nosotros para brindarnos amor y confiar en su perdón , pues bien, Dios nunca nos abandona, aunque nuestra mentalidad así lo piense.
Por supuesto el profeta Isaías y el salmista nos redirecciona a la entrega del Señor , que no se cansa de entregarse totalmente por nosotros.
La carta a los Filipenses , se nos presenta a la persona de Cristo y como Él vivió humildemente y nunca se sobresaltó, sino más bien , se hizo poco inferior a nosotros y nos enseñó a amar hasta el extremo.
Ahora bien , el evangelio categóricamente expide la vivencia de Cristo en su agonía que es a lo nos motiva y llama la Semana Santa.
El mensaje de la pasión es mostrarnos el amor de Dios , que entrega a su Hijo para generar en los que creemos en Él , un abismo insondable de Misericordia.